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Las dos escuelas: el cuidado del ambiente fragmentado

Este escrito llama la atención acerca de dos entornos ambientales en los que se entrecruzan diversos procesos educativos que, como puede observarse podrían transitar en la misma dirección, enriqueciendo sus propósitos, contenidos y prácticas, pero que, en la realidad del día a día, parece que transitan por caminos paralelos. Sin embargo, aunque las diferencias son importantes, en cada uno de los casos la educación es el elemento común; solo que no hay que pasar por alto que ese concepto adquiere distintos significados, propósitos, contenidos y procesos, que dependen, del lugar desde donde se observe.

1.- LA ESCUELA DE LA VIDA

Aunque pareciera que ha desaparecido de la jerga popular la expresión “escuela de la vida”, vale la pena actualizarla para observar los procesos educativos diferenciados que tienen lugar en las dos dimensiones en las que éstos pueden analizarse: los que ocurren en los centros educativos, y los que tienen lugar en la dinámica cotidiana de la sociedad.

No es necesario realizar un esfuerzo muy grande para comprender que hay contrastes notables entre lo que ocurre en cada una de esas dimensiones: en todos los casos el entorno, propósitos, procesos, resultados, y su dinámica, son muy diferentes; quede claro que la escuela como institución tiene su origen y ocurre en un entorno social concreto.  

Esa dicotomía tiene un efecto perverso en la problemática ambiental. En otras palabras, lo que se muestra es que una cosa es lo que se procura enseñar en los centros escolares, y otra lo que sucede fuera de estos.

Empecemos por el más complejo y permanente: la sociedad. Antropólogos, sociólogos, psicólogos, y otros estudiosos de lo que ocurre en los grupos humanos, han procurado explicar por qué nos organizamos de una forma específica; nos comportamos en la forma en que lo hacemos, o qué es lo que está detrás de la manera en que nos pensamos en relación con los otros, o con la naturaleza. En términos generales, esta dimensión funciona de una forma muy distinta a la que se puede observar en los centros escolares.   En nuestro país, igual que en todos los que existen en el mundo, la educación se inicia en el entorno familiar.  Pero luego se amplía y recibe la influencia de los diversos agentes educativos que actúan sobre los niños, mucho antes de su ingreso a cualquier centro escolar. En este conjunto están incluidos, familiares, amigos, diversas organizaciones de carácter político, cívico o religioso, además de los medios de comunicación.  Esta es una educación “no escolarizada”.

En ese complejo entorno cualquier práctica ambiental se inicia fuera de los centros educativos; de ahí que la comprensión de la relación ser humano-ambiente natural tiene como base lo que se aprenda en ese medio; es decir, en el grupo familiar.  Es evidente que resulta muy difícil esperar que, en esas circunstancias, pueda haber coincidencia en los contenidos y prácticas que forman parte de esa “comprensión” de los problemas ambientales, los riesgos que generan, y de la forma que podemos enfrentarlos con relativo éxito.

En nuestro país sobran los hechos que permiten afirmar que estamos lejos de comportarnos de acuerdo con ese propósito; de esto se deriva que la “escuela de la vida” les ha fallado estrepitosamente, pues los procesos educativos que ocurren en el seno de los grupos humanos, por sí solos no garantizan esa correlación.  Esto significa que, si la juventud no tiene las características esperadas de la ciudadanía, en toda la extensión de la palabra, lo más probable es que sus vivencias aportaron poco al conocimiento y actitudes responsables con la protección al ambiente (natural y social).

Observar lo que ocurre en los centros urbanos más poblados permite apreciar que, ya sea por tuberías rotas, o por el uso indiscriminado en los múltiples “lava autos”, el agua potable corre hacia las alcantarillas o cualquier otra vía que encuentre y termina corrientemente en el mar o un río, junto con todo lo que arrastre a su paso. De esta forma, se desperdicia un recurso que cada vez más se muestra escaso en diferentes puntos de nuestra geografía. Todo eso, aunque el uso del agua está regulado por la Ley 34 de 1966 y por el Decreto Ley N°2 de 1997 sobre el agua potable y alcantarillado.

Igual sucede con la degradación de la tierra y de la masa vegetal. De acuerdo con la información del cuerpo de Benemérito Cuerpo de Bomberos de Panamá, de enero a mayo de 2026, se atendió un total de 2947 llamadas de emergencias por incendios de masa vegetal que afectaron principalmente a las provincias de Panamá, Panamá Oeste, Chiriquí y Coclé. https://www.ecotvpanama.com/nacionales/mas-2900-incendios-masa-vegetal-2026-bomberos-advierten-rapida-propagacion-n6079954  ECO TV. 21-05-2026

Esa situación ocurre cada año; los incendios terminan con parte de la capa vegetal, que aunados a las variaciones del estado del tiempo producto del cambio climático, no solo generan serios riesgos para la vida y la salud de los seres vivos; también producen pérdidas materiales y económicas.  Esos dos factores de la problemática ocurren fuera de los entornos escolares, pero afectan de igual manera a los estudiantes. 

Los factores mencionados son una pequeña muestra de la expresión de lo cotidiano que, en esta primera dimensión, no dependen de la escuela, pues ocurren por las interacciones que tienen lugar sin que necesariamente se correspondan con las disposiciones constitucionales o legales cuyo propósito es regularlas, y que dependen más de lo que hagamos los que se supone que ya “pasamos por la escuela” 

La gran pregunta que surge aquí es la siguiente; ¿Los ciudadanos conocen las disposiciones establecidas que tienen que ver con una cultura ambiental exitosa en su espíritu y formas de interpretación, y se conducen de acuerdo con éstas? Es evidente que no hay suficientes muestras de que esto es lo que sucede.

De acuerdo con esa afirmación, también podría decirse que tampoco se tiene conciencia clara de los diferentes riesgos ambientales ni de su magnitud, que ya desde inicios de la década de los años sesenta comenzó a ocupar la atención del mundo, principalmente por el impacto de la publicación del libro “La primavera silenciosa” (R. Carson, 1962) que dio paso al movimiento ecologista moderno.  En nuestro país no fue hasta 2015 cuando se creó el Ministerio de Ambiente, aunque de acuerdo con la información de esta entidad, se han promulgado 21 documentos contentivos de leyes, decretos o resoluciones que disponen desde el uso del agua, la protección de las cuencas o el otorgamiento de concesiones para su explotación; en este conjunto están incluidos algunas disposiciones generadas antes de ese período.

De acuerdo con todo lo anterior, más de medio siglo después, (es muy claro que la “escuela de la vida”, no ha logrado sentar las bases de una cultura ambiental que minimice los riesgos que origina su deterioro.

2.- LA ESCUELA DE LOS CENTROS ESCOLARES.

En los distintos establecimientos donde se atiende a los estudiantes tiene lugar un proceso educativo que se organiza y desarrolla conforme las funciones que se atribuyen al sistema educativo y conforme a cómo se entiende la institución escolar; las diferencias son muchas.

La escuela es una institución, la sociedad no. Por eso, en la primera hay disposiciones que regulan las interacciones entre los distintos actores, contenidos y procesos. Y aunque de alguna manera se pretenda que en esos centros se “uniforme el pensamiento y la acción”, los resultados en cada “escuela “(centro educativo), no son iguales.  Esto es importante, porque la educación que ofrece la “escuela de la vida” no está regulada de la misma forma; y aquí, la situación es todavía más diversa, más dinámica y de mayor alcance en el tiempo.

Si se considera el periodo transcurrido desde que se estableció la Ley de Ambiente en nuestro país, hasta la fecha, es evidente, que más de medio siglo no ha sido suficiente para que tres generaciones internalizaran los riesgos ambientales como un conjunto de situaciones que, desde la naturaleza, nos advierten que este es el único planeta que tenemos, y que, si laceramos permanentemente nuestro hábitat, estamos en peligro eminente de desaparecer, aún más rápido que las otras especies que lo habitan.

Los que nacimos a mediados del siglo pasado, posiblemente no alcanzamos a tratar los problemas ambientales como parte de nuestra formación escolar. Entonces, se supone que la escuela de la vida debió enseñarnos, pero por lo visto, eso no es lo que ocurrió. 

Pero en el otro entorno, el escolarizado, luego de más de 30 años, tampoco parece que hemos aprendido mucho; esto si consideramos que, en términos generales, ese proceso debe expresarse en cambios en nuestra manera de pensar, sentir y actuar.

Esto no significa restar importancia a las acciones concretas que realizan instituciones, organizaciones cívicas o comunitarias, ONG’s, o Fundaciones dirigidas a la protección y cuidado del ambiente natural.

No obstante, la realidad muestra que esos esfuerzos por impactar a la mayoría de la población respecto de los riesgos ambientales de todo tipo no han sido suficientes.

El aumento de los incendios de masa vegetal, la acumulación de basura en las calles, la que arrastran los ríos, los incendios en el basurero de Cerro Patacón, la contaminación de las playas, o la deforestación o modificación del entorno natural por el incremento de las construcciones, todos, son ejemplos que a las dos escuelas les falta mucho por hacer.

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