FUNDACIÓN OBSERVATORIO PANAMEÑO DE RIESGOS AMBIENTALES (OPRA)
Ligia Castro de Doens
El cambio climático ya no pertenece al terreno de las advertencias futuras: se manifiesta hoy con una contundencia que redefine los límites de la resiliencia humana, ecológica y económica. La evidencia científica más reciente confirma que el planeta ha entrado en una fase de calentamiento acelerado, con implicaciones profundas para los sistemas climáticos, energéticos, productivos y de seguridad hídrica.
1. Un planeta que supera el umbral crítico de 1,5 °C
El informe Global Climate Highlights 2025 del Servicio de Cambio Climático de Copernicus documenta un hecho histórico: la temperatura media global del trienio 2023–2025 superó por primera vez el umbral de 1,5 °C respecto al periodo preindustrial. Este valor, que durante años se consideró una frontera de seguridad climática, evidencia la fragilidad del Acuerdo de París y la aceleración del calentamiento global.
El año 2025 se posicionó como el tercer año más cálido jamás registrado, con anomalías térmicas que afectaron al 91% del planeta y con récords históricos en regiones polares, particularmente en la Antártida.
2. Océanos en estado de calor extremo
Los océanos, reguladores fundamentales del clima, también muestran señales alarmantes. En 2025, la temperatura global de la superficie marina alcanzó el tercer valor más alto de la historia, pese a la presencia de una débil La Niña que normalmente enfría las aguas superficiales.
Para 2026, la NOAA proyecta una probabilidad del 61% de un evento El Niño que podría intensificarse hasta niveles fuertes o muy fuertes, con impactos significativos en los patrones de precipitación regionales y en la dinámica atmosférica global.
Este escenario implica mayores lluvias en el litoral atlántico y una reducción crítica en el Pacífico, afectando directamente la disponibilidad de agua, la agricultura y la operación de infraestructuras estratégicas.
3. Infraestructuras críticas bajo presión climática
La intensificación de eventos extremos exige una planificación inmediata y coordinada entre los sectores público y privado. Infraestructuras como:
- El Canal de Panamá, dependiente del agua cruda para su operación,
- Los sistemas de abastecimiento de agua potable,
- La salud pública,
- Las hidroeléctricas y redes energéticas,
requieren planes de prevención, respuesta y rehabilitación ante escenarios de incremento térmico, inundaciones y sequías extremas. La experiencia de 2024 y 2025 demuestra que la variabilidad climática puede comprometer simultáneamente la seguridad hídrica, energética y alimentaria.
4. Energía renovable: vulnerabilidad y oportunidad
Un análisis conjunto de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) y la Agencia Internacional de Energía Renovable (IRENA) revela que las temperaturas récord de 2024, bajo un El Niño fuerte, alteraron significativamente el rendimiento de la energía eólica, solar e hídrica, con variaciones regionales pronunciadas.
Entre los hallazgos más relevantes:
- Regiones como África austral registraron aumentos de hasta 16% en capacidad eólica, pero déficits persistentes en hidroelectricidad.
- En Asia meridional, la demanda eléctrica por refrigeración aumentó hasta 16% en meses de calor extremo.
- En Sudamérica, la combinación de sequía y calor redujo la generación hidroeléctrica y elevó la demanda energética.
La expansión global de renovables —que ya supera los 4.400 GW instalados— amplifica la interacción entre clima y energía, haciendo indispensable integrar inteligencia climática, pronósticos estacionales y sistemas de alerta temprana en la planificación energética.
5. Ciencia para la acción: cada fracción de grado importa
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advierte que cada décima de grado adicional incrementa exponencialmente los riesgos climáticos. La evidencia científica actual exige abandonar la pasividad y transformar los datos en decisiones estratégicas.
Esto implica:
- Rediseñar infraestructuras para soportar extremos climáticos.
- Fortalecer la seguridad hídrica y alimentaria.
- Integrar pronósticos climáticos en la gestión energética y productiva.
- Proteger ecosistemas vulnerables y restaurar servicios ecosistémicos.
- Construir resiliencia comunitaria y urbana basada en ciencia y gobernanza climática.
Conclusión: el momento decisivo es ahora
El cambio climático ya no es una proyección: es una realidad que transforma la vida cotidiana, la economía y la estabilidad de los sistemas naturales. La humanidad enfrenta una década decisiva. La evidencia científica es clara y contundente: la resiliencia climática debe construirse hoy, con políticas audaces, inversiones inteligentes y una articulación multisectorial que reconozca la magnitud del desafío.
